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Conceptualmente, la agricultura sostenible es aquella que respeta el medio ambiente, es socialmente justa y económicamente viable. En otras palabras, las prácticas agrícolas sostenibles abarcan técnicas que reúnen los aspectos económicos, sociales y y trípode ambiental.

Uno de los pilares de la sustentabilidad es la responsabilidad social hacia la población que vive y produce frutos frescos
y vegetales.

La sostenibilidad abarca una serie de aspectos diferentes de una cadena de producción, incluida la respuesta social de un sector en particular. Según datos divulgados por Embrapa, en 2018 se estima que por cada hectárea cultivada con fruta, dos personas están ocupadas en ese segmento, o sea, hoy un total de 5 millones de empleos se derivan de la agroindustria frutícola.
Además de dar empleo, el sector aumenta la renta de regiones caracterizadas desde hace muchos años por la pobreza y la sequía, y que, con la implantación de sistemas de riego, las empresas del sector y los pequeños agricultores pueden cultivar fruta de calidad durante todo el año, y transmitir su legado de generación en generación.

Otro punto positivo de inclusión social y económica es la formación de cooperativas de pequeños y medianos fruticultores, trayendo a estas comunidades el concepto de unión y colaboración, generando grandes oportunidades laborales para las nuevas generaciones y evitando así el éxodo rural.

Otro punto importante es que la fruticultura cuenta con el apoyo de importantes instancias de capacitación, asistencia técnica y extensión rural en todos los polos productivos. Brasil invierte fuertemente en investigación agrícola, lo que resulta en un aumento significativo de la productividad en el sector.

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